Si tomas algo para ser feliz, que sean decisiones

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Vivir es tomar constantemente decisiones. Algunas parecen triviales, como qué ropa ponerte o qué marca de champú elegir. Otras no lo son tanto: empezar la carrera que siempre quisiste hacer o postularte para ese trabajo que sabes que cambiará por completo tu vida.

Son las decisiones importantes las que marcan la diferencia. Tomarlas nos convierte en lo que somos y, sobre todo, en lo que podemos llegar a ser. ¿Queremos que se nos escape eso? ¿Queremos no saber nunca qué va a pasar debido a que nada de lo que nos pasa lo hemos elegido nosotros?

Sabemos que el miedo está ahí y es humano sentirlo. No debemos perderlo de vista, como haríamos con una fiera salvaje o un precipicio, pero siempre impidiendo que tenga él la última palabra. Y, entre todos los temores, el miedo a equivocarnos puede que sea el más peligroso: ese que puede hacer que llegue un día en el que te des cuenta que ser feliz solo estaba a la distancia de un sí, un viaje, una llamada o un clic.

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“Ten el valor de equivocarte”, decía Hegel; o, lo que es lo mismo, que nadie te diga que no lo has intentado. Y no nos hace falta ser un filósofo alemán para asegurarte que no aprendemos tanto de nuestros aciertos como de nuestros errores. Son los que nos fortalecen y nos guían para saber qué parte del camino seguir y qué senderos y atajos evitar.

Quien no se arriesga no pierde, pero tampoco gana: quien no se equivoca no vive. No es posible vivir rodeado de parapetos y murallas protectoras, que nos alejan del peligro, pero también de todo lo bueno de la vida. Así que atrévete a equivocarte. Y, si una decisión es un problema para otros solo debido a que estás haciendo lo que realmente te hace feliz, entonces, ¡no lo dudes: estás tomando la decisión correcta!

Puede que pienses que tu vida ha estado llena de “malas decisiones” y sea la carga negativa de ese pasado la que no te deja pasar página. Tal vez creas que eres demasiado mayor (nunca se es demasiado mayor para ser joven). Es posible que ya hayas pensado en rendirte, en decir eso tan fatídico de “es mi destino”. En este sentido, tienes dos opciones: puedes creer en un destino “fatalista”, en el que solo parece estar escrito lo malo; o en uno “sabio”, en el que todo pasa por una buena razón.

Quizás esa buena razón te haya llevado hasta este momento: estás aquí, sentada, leyendo este post y debes decidir ya sobre eso a lo que has estado dando tantas vueltas. Elijas lo que elijas, solo si no lo intentas, te habrás equivocado.

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